martes, 17 de enero de 2017

Capítulo 152: “Blackout”. Muse. (2003)

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Deprimartes desmayado:

Desde el nacimiento del Rock en adelante, por lo general se puede identificar perfectamente a qué década corresponde una grabación. Es así que podemos hablar sin inconvenientes de la música de los años ’50, de los ’60, de los ’70, de los ’80, y de los ’90… Pero entrando al nuevo siglo la cosa se complica. Porque ya estamos bien avanzados en la segunda década de este milenio, y si bien ya de por sí es una pésima señal para la salud de nuestro Rock que no exista una música de los años ’00 –de hecho, ni siquiera sabemos muy bien cómo llamar a esa década-, muchísimo peor es que no podamos diferenciar la música de la presente década de la que sonaba en la anterior; porque tampoco podemos catalogar géneros musicales nuevos en la música de los años ‘10… Y en medio de esta sensación de estar asistiendo a un velorio, o visitando las ruinas de alguna civilización perdida, de vez en vez surge una antigualla a la cual vale la pena apostarle nuestros oídos. Aquí tenemos a Muse, una banda de lo más presentable que pueda escucharse en medio de estas ruinas bombardeadas que quedaron luego de la muerte del Rock.

Esta banda inglesa liderada por Matt Bellamy comenzó su carrera a mediados de la década de los ’90, y si bien no han estado catalogados como integrantes del movimiento Brit-Pop, tienen una evidente influencia de la banda Radiohead. Pero han sabido abrirse su propio camino, siendo una rara avis en el panorama musical del Siglo XXI, debido a la profundidad de las atmósferas que logran crear en sus canciones; más que nada producto de las ideas conspiranoicas de su líder, que suele impregnar las letras de sus canciones con razonamientos existencialistas y simbólicos –quienes no me crean, tengan a bien escuchar otros éxitos de esta banda como “Starlight” o “Madness”-. En este otro hermoso tema nos habla de la simplicidad de aceptar que las cosas buenas, por su propia naturaleza, no pueden durar: “No te engañes a ti misma ni trates de mirar para otro lado, este amor es demasiado bueno como para durar; y yo ya estoy demasiado viejo para soñar”. Curiosamente, yo también siento que ya estoy demasiado viejo para soñar… Cada día cuesta más sostener en la mente la noción de que las pocas alegrías que la vida ofrece como obsequio no se van a marchitar de un momento para el otro. Es la maldición con la que vivimos aquellos que primero aprendimos a pincharnos con las espinas antes que a oler las rosas.

El aire brumoso en que se desempeña esta melodía parece sumirnos de lleno en la resignación. Pero en una resignación evocativa, ese sentimiento de último deseo desesperado por guardar una pizca de dignidad y no terminar arrastrando a nadie más en nuestra caída: “No intentes crecer demasiado rápido ni trates de abrazar el pasado, esta vida es demasiado buena como para durar, y yo soy demasiado joven como para preocuparme”. Tiene ese tono amargado de consejo que no será escuchado, de “yo ya he estado ahí antes” que no servirá para nada…


La grabación de este tema cuenta con un sonido muy particular, aquí excelentemente reproducido en vivo. Una pared de violines lastimeros que nos envuelve como un abrazo de náufrago, una guitarra que repica como la última luz de una vela a punto de apagarse, y una voz que mientras canta se va convirtiendo en una mezcla de súplica y llanto. Todas esas texturas musicales nos dejan con la sensación de quien afronta un proyecto condenado de antemano al fracaso: “Esta vida podría ser la última, y nosotros somos demasiado jóvenes como para darnos cuenta”. Es increíble que para tantas personas este tipo de sonido funcione como los primeros auxilios para cualquier alma herida. Estoy convencido de que habemos tantos y tantos seres en el mundo que escuchamos esta clase de música de manera similar a como una fiera se lame las heridas luego de haber luchado por su vida. ¡Feliz Deprimartes!

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