martes, 21 de marzo de 2017

Capítulo 160: “Vincent”. Don McLean.

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Deprimartes estrellado:

“Estrellada, estrellada noche; pinta tu paleta con azul y gris. Mira hacia afuera en un día veraniego con esos ojos que conocen la oscuridad de mi alma. Las sombras en las colinas bocetan los árboles y los narcisos en flor. Capturan la briza helada en colores sobre la tierra nevada de lino”. Los cuadros y la vida del pintor holandés Vincent van Gogh desfilan en una de las letras más hermosas que he leído en mi vida, acompañada de una melodía simple, efectiva; que se balancea suavemente entre un sentimiento de ternura y de tristeza infinita. “Y creo que ahora entiendo lo que tratabas de decirme, cómo sufrías por estar tan cuerdo, cómo intentabas hacer que todos se sintieran libres. Pero ellos no te escucharon, no sabían cómo hacerlo. Tal vez te escuchen ahora”. Aquí hay un encuentro entre el pensamiento de alguien que contempla un cuadro y ha entendido el mensaje encriptado que viene de siglos atrás. Al comprender al autor de una obra sentimos que bien podría haber sido nuestro amigo. Y más aún si sentimos que podemos entender el sufrimiento de su alma, aquello que lo llevó a plasmar en un lienzo su percepción de la vida y de todo lo que lo rodeaba con una emoción incomparable. Cuando logramos hermanarnos con otra alma, sentimos que al fin no estamos tan solos en el Universo.

Al hablar de un músico como Don McLean podemos apreciar la grandiosa influencia que sobre el Rock & Roll ejerció un género que le era anterior: la música Folk. Castellanizado como “folklore”, esta variedad musical siempre ha recogido lo autóctono de cada región, y es menester ejecutarla con instrumentos que son propios de cada geografía. Pero para el ideario rockero, los aspectos del Folk que mayor importancia han tenido han sido básicamente su condición de música acústica –los instrumentos eléctricos estaban ausentes o pasaban a un segundo plano-, y el carácter poético y elaborado de sus letras, que terminaron por darle forma a la “canción de protesta”. Cualquiera sea el caso, los artistas devenidos del Folk siempre intentaban decirnos algo en sus canciones; eran trovadores que siempre se parapetaban detrás de una guitarra para susurrarnos lo que necesitábamos escuchar, y no lo que todos querían que escuchemos: “Estrellada, estrellada noche; flores en llamas que fulguran brillantemente. Nubes arremolinadas en un haz violeta se reflejan en el azul profundo de los ojos de Vincent. Colores que cambian de matiz, campos matutinos de granos en tonos de ámbar. Rostros castigados por el clima y delineados por el dolor, se ven suavizados bajo la mano amorosa del artista”. Una pequeña prueba de las alturas estilísticas a las que siempre intentaba llegar el Folk es el uso poético que en esta canción McLean hace de los colores, la forma en que utiliza las distintas tonalidades como un puente para generar una nueva imagen en la imaginación del oyente. Siempre es una delicia leer la letra de una canción Folk.

Y aquí tenemos al inspirador de esta canción, un pintor que sufrió casi como ningún otro, y que intentó con cada pincelada vigorosa e imprecisa –muy típica del postimpresionismo- acercarnos no al objeto pintado, sino a la sensación que aquel objeto le producía al pintarlo. Conocido es su estado de inestabilidad mental, sigue siendo tema de debate si esto mismo lo llevaba a percibir el mundo de otra manera; para así volcarlo en un lienzo. De cualquier manera que haya sido, fue un incomprendido; un adelantado a su época: “Porque aunque ellos no podían amarte, tu amor seguía siendo sincero. Y cuando ya no quedaron esperanzas a la vista, en esa estrellada, estrellada noche, te quitaste la vida, como suelen hacerlo los que aman de verdad. Pero yo podría haberte dicho, Vincent, que este mundo nunca estuvo hecho para alguien con un alma tan hermosa como la tuya”. Con una congoja que me desgrana el corazón, al ver tus cuadros, querido Vincent, siento que recién ahora te entiendo; recién ahora comprendo lo que de tantas maneras distintas intentaste decirme durante tanto tiempo a través de tus obras… Ahora, que ya es tan tarde. Y me asaltan unas ganas infinitas de correr a darte ese abrazo que jamás podré darte, y que llevás ganado desde hace siglos.

“Estrellada, estrellada noche; cuadros colgando en salones vacíos. Retratos sin marco en paredes sin nombre, con ojos que miran al mundo y no pueden olvidar lo que ven. Como el extraño que has conocido, el vagabundo vestido con harapos. La espina plateada de la rosa ensangrentada, que yace aplastada sobre la nieve virgen”. Los rostros que aparecen en sus pinturas, pertenecientes a vidas que ya hace mucho se han apagado, nos miran a través de un mar de décadas y con su expresión apesadumbrada, casi húerfanos de felicidad; parecen interrogarnos: “¿qué has hecho con la porción de tiempo que te ha tocado vivir?”, “¿cómo sobrellevaste tu sufrimiento, hermano?”, “¿Y tú, cómo crees que serás recordado?”.

“Y recién ahora creo que entiendo lo que estabas tratando de decirme. Cómo sufrías por estar tan cuerdo, cómo intentabas hacer que todos se sintieran libres. Pero ellos no te escucharon, ni logran escucharte todavía…”. Y la última frase se desliza como una lágrima afilada que nos abre el alma en dos y deja aflorar todo ese océano de melancolía en que algunos sabemos ahogarnos cada día. En esa última frase nos dice, con todo el dolor de saber que se hizo cuanto se pudo, que ellos, simplemente: “Tal vez, nunca lo hagan”… Ellos tal vez nunca nos escuchen… ¡Feliz Deprimartes! 

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