martes, 5 de febrero de 2013

Capítulo 19: “The Man Who Sold The World”. Nirvana.

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Deprimartes errante:

Nirvana fue una banda que nunca me gustó demasiado, pero a la cual le reconozco -y agradezco- el maravilloso logro de haber terminado con esa espantosa moda de principios de los noventa, como fueron las bandas metaleras que poblaban MTV, cuyos cantantes vestían todos con chaquetas de cuero sobre el pecho expuesto, llevaban el pelo mucho más largo que su talento musical, y usaban como bandana un pañuelo con la bandera norteamericana. Eran todas iguales, y todas insufribles de escuchar. Pero vino Kurt Cobain, y antes de hacer lo que mejor hacía, suicidarse constantemente, nos cantó con un tono monocorde y hastiado esta versión acústica de un grandioso tema de David Bowie: "Nos cruzamos en las escaleras y hablamos como para ponernos al día, y aunque mi mente realmente no estaba ahí, él dijo que yo era su amigo. Lo cual me sorprendió, así que le dije mirándolo a los ojos: 'creí que habías muerto solo, hace ya mucho, mucho tiempo'... Y me respondió: 'Oh, no, yo no... Soy de la clase de personas que nunca pierden el control. Estás mirando a la cara al hombre que logró vender al mundo".
 
Bowie escribió esta canción en un momento de su vida en que la teatralización de sus presentaciones entraban en conflicto con su propio ego, e intentaba desesperadamente encontrar su verdadera identidad. Y se imaginó qué pasaría si, en un momento cualquiera, se topara físicamente consigo mismo y entablara un diálogo. Un maravilloso y peligroso experimento de la psiquis: "Me reí y estreché su mano, y emprendí el regreso a casa. Me puse a buscar una tierra extraña, vagué por años, y le dirigí una mirada vacía a las millones de personas que vi, y me di cuenta de que debí haberme muerto solo, hace ya mucho, mucho tiempo. ¿Quién lo sabe? Yo no. Ahora son ustedes los que están cara a cara con el hombre que vendió al mundo". Muy agradable el clima intimista de este show, inmediatamente uno se olvida de que hay público presente, y se logra esa soledad necesaria para que el cantante entable el diálogo con su alter ego. Los coros finales que poblaban la canción original son reemplazados por un sobrio cello, el instrumento musical que tiene el registro más parecido al de la voz humana. Y así, la voz protagonista siente que no está tan sola en esta conversación solitaria.

¿Cuál es el resultado? La esquizofrenia, o la imposibilidad de continuar. La muerte parece aguardar a la vuelta de la esquina en este tema. Algo que finalmente, el viejo Kurt terminó por saber de primera mano. Como ya todos sabemos, la fama es puro cuento, estimado señor Cobain... ¡Feliz Deprimartes!


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