martes, 22 de diciembre de 2015

Capítulo 150: “Hey Joe”. Jimi Hendrix.





Deprimartes excelso:

“‘Hey, Joe; ¿adónde vas con ese revólver en la mano? ¡Hey, Joe! Te pregunté adónde ibas con ese revólver’. ‘Voy a matar a mi novia, porque la atrapé coqueteando con otro hombre, y eso ya sabes que no está nada bien’”. Desde que nació, junto con la década del ’50, el Rock & Roll le debió su esencia más irreductible a la guitarra eléctrica, ese instrumento que gracias a sus posibilidades expresivas abandonaba el aburrido panorama jazzero de aquella época para investigar qué tan lejos podía llegar adaptándose a esa núeva música de rebeldía filosa. Y a lo largo de la frondosa historia de la guitarra, ésta supo caer en sabias manos. Son muchos los nombres –muchísimos – a los que les debemos que durante todos estos años nuestros genes insatifechos griten cada vez que escuchamos un solo bien ejecutado; pero hay un nombre que fulgura como ningún otro, un sol que parece brillar cada día más, y cuyo bronce bien ganado parece no conocer óxido que lo carcoma: Jimi Hendrix.
  
Superhéroe indiscutible de las seis cuerdas, prócer del Rock Ácido; no hubo ni volverá a haber otro como Jimi. Llevó el hecho de ser un guitarrista varios niveles más allá, poniendo la vara muy alto; y señalando la cima de la montaña a la cual hay que apuntar para quien quiera convertirse en una megaestrella rockera: “‘Hey, Joe; oí que mataste a tu mujer. Tú la mataste. La dejaste bien muerta, tirada en el suelo’. ‘¡Sí, yo la maté! Ya sabes que la atrapé coqueteando por toda la ciudad. Y le apunté con el arma, y le disparé. ¡Muy bien! ¡Y le disparé otra vez más!’”. Con un talento circense, puso ante la mirada del gran público nuevas maneras de tocar la guitarra, con la lengua, con los dientes, en la espalda, en la nuca… Era un innovador nato, que por lo general incendiaba su instrumento una vez que complacía a la audiencia. Una vez tocada por el gran Hendrix, esa guitarra ya no era digna de existir.

Así como había graffittis en las calles que a Eric Clapton lo llamaban “Dios”, el nombre de Hendrix era apenas susurrado entre los guitarristas; que se decían unos a otros: “Conocí a alguien que va a acabar con todos nosotros”. Y es que si bien para mi gusto, sólo Clapton le es comparable; la increíble sobriedad de Eric nunca buscó hacerle frente a la parafernalia que el Brujo Negro desparramaba sobre el escenario. Y además, Hendrix tuvo la fortuna de acrecentar su leyenda muriéndose muy joven, en el mismo período de un año que terminó por llevarse también a Janis Joplin y a Jim Morrison; todos a la edad de 27. Esa seguidilla de muertes le puso fin a la era psicodélica del Rock, abriéndole la puerta a la dolorosa madurez de los primeros años de la década del ’70: “‘Hey, Joe; ¿adónde vas a ir ahora? ¿Adónde huirás?’. ‘Me voy hacia el sur, me voy con dirección a México; adonde puedo ser libre. Nadie me encontrará allí, ningún verdugo va a ponerme una soga en el cuello;  créeme. Ya me tengo que ir’”.

Aquí, además de deleitarnos con otro de sus solos, Jimi canta sobre un encuentro casual con un amigo suyo, que finalmente mata a su mujer y ahora quiere desaparecer del mundo: “‘Hey, Joe; mejor que corras y te despidas de todo el mundo’”. Con el arte del más grande guitarrista de todos los tiempos es que baja el telón de otra temporada de este humilde blog; así que... ¡Feliz Deprimartes para todos!

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