martes, 5 de febrero de 2013

Capítulo 19: “The Man Who Sold The World”. Nirvana. (1993)




Deprimartes errante:

Nirvana fue una banda que nunca me gustó demasiado, pero a la cual le reconozco -y agradezco- el maravilloso logro de haber terminado con esa espantosa moda de principios de los noventa, como fueron las bandas metaleras que poblaban MTV, cuyos cantantes vestían todos con chaquetas de cuero sobre el pecho expuesto, llevaban el pelo mucho más largo que su talento musical, y usaban como bandana un pañuelo con la bandera norteamericana. Eran todas iguales, y todas insufribles de escuchar. Pero vino Kurt Cobain, y antes de hacer lo que mejor hacía, suicidarse constantemente, nos cantó con un tono monocorde y hastiado esta versión acústica de un grandioso tema de David Bowie: "Nos cruzamos en las escaleras y hablamos como para ponernos al día, y aunque mi mente realmente no estaba ahí, él dijo que yo era su amigo. Lo cual me sorprendió, así que le dije mirándolo a los ojos: 'creí que habías muerto solo, hace ya mucho, mucho tiempo'... Y me respondió: 'Oh, no, yo no... Soy de la clase de personas que nunca pierden el control. Estás mirando a la cara al hombre que logró vender al mundo".

Bowie escribió esta canción en un momento de su vida en que la teatralización de sus presentaciones entraban en conflicto con su propio ego, e intentaba desesperadamente encontrar su verdadera identidad. Y se imaginó qué pasaría si, en un momento cualquiera, se topara físicamente consigo mismo y entablara un diálogo. Un maravilloso y peligroso experimento de la psiquis: "Me reí y estreché su mano, y emprendí el regreso a casa. Me puse a buscar una tierra extraña, vagué por años, y le dirigí una mirada vacía a las millones de personas que vi, y me di cuenta de que debí haberme muerto solo, hace ya mucho, mucho tiempo. ¿Quién lo sabe? Yo no. Ahora son ustedes los que están cara a cara con el hombre que vendió al mundo". Muy agradable el clima intimista de este show, inmediatamente uno se olvida de que hay público presente, y se logra esa soledad necesaria para que el cantante entable el diálogo con su alter ego. Los coros finales que poblaban la canción original son reemplazados por un sobrio cello, el instrumento musical que tiene el registro más parecido al de la voz humana. Y así, la voz protagonista siente que no está tan sola en esta conversación solitaria.

¿Cuál es el resultado? La esquizofrenia, o la imposibilidad de continuar. La muerte parece aguardar a la vuelta de la esquina en este tema. Algo que finalmente, el viejo Kurt terminó por saber de primera mano. Como ya todos sabemos, la fama es puro cuento, estimado señor Cobain... ¡Feliz Deprimartes!


martes, 29 de enero de 2013

Capítulo 18: “Into The Great Wide Open”. Tom Petty & The Heartbreakers. (1991)






Deprimartes rebelde:



Tengo una premisa para mi vida en el más allá: cuando me muera, quiero reencarnar como Tom Petty. Este rockero del sur de EE.UU. es un prócer vivo del Rock, que influyó muchísimo tanto en mi vida como en la de muy buenos músicos y artistas que hay por allí dando vueltas. Su talento arrollador lo llevó a tocar rápidamente en compañía de leyendas como George Harrison, Ringo Starr, Jeff Lyne, Roy Orbison, y Bob Dylan, entre tantos otros. Y aquí nos trae la historia del ascenso y la caída de Eddie Rebel, un muchacho con sueños de fama, que "… esperó a terminar la secundaria, se fue a Hollywood y se hizo un tatuaje. Conoció por ahí a una chica que también tenía un tatuaje, y resultó ser que el futuro estaba totalmente abierto para ellos". Un muy jovencito Johnny Depp nos muestra todo el derrotero de cómo hacerse “rockstar”, vivir como tal; y terminar de igual manera: "Yendo al gran descampado, bajo los cielos azules, y en esa gran llanura sólo hay un rebelde sin la menor idea de contra qué rebelarse".



El largo y logrado videoclip va matizando su historia con los solos y fraseos de uno de los mejores guitarristas que he escuchado, el melenudo Mike Campbell, de The Heartbreakers, quienes han resultado ser, como banda, los milenarios laderos del Señor Petty: “La parejita se mudó a un lugar que podían pagar, él encontró un club nocturno en el que podía trabajar como portero. Ella tenía una guitarra y le enseñó algunos acordes. El único límite que tenían era el cielo mismo”. Y así, la incipiente estrella se va cruzando en su ascendente carrera en los charts con todo un muestrario de la música de fines de los ochenta y principios de los noventa: Van Halen, Paula Abdul, R.E.M., Lynyrd Skynyrd, Mötley Crue, Yes, Extreme, y el propio Tom Petty, entre otros. Entre toda esta parva de artistas se mezcla un muchachito que sólo había tenido la fortuna de hacerse el tatuaje correcto –un corazón atravesado por un cuchillo- y de aprender los acordes indicados… La biblia y el calefón, ni más ni menos.



Pero –y siempre hay un pero- termina siendo verdad aquello de que la fama es puro cuento. A Eddie, el estrellato se le sube a la cabeza, comienzan los excesos con el alcohol, deja caer en desgracia a su hada madrina (interpretada por la leyenda de Hollywood Faye Dunaway), llegan los gastos desmedidos, los accesos de ira, la banalización de cada aspecto de su vida, la crisis de pareja… Y el tan anunciado final, en el que descubre que el corazón que tenía tatuado ha desaparecido de su piel, y de su vida. Aunque parezca un cuento, realmente no lo es; es la síntesis de la historia de casi todos los artistas de rock: “Según la versión oficial, Eddie siempre dio lo mejor de sí. Tenía un agente de prensa y hasta un asistente llamado Bart. Así que grabó una canción y salió en los rankings… Usaba una chaqueta de cuero con cadenas que cascabeleaban, conoció a muchas estrellas de cine, estuvo en fiestas y se mezcló con ellos. Pero mientras seguía grabando, el de la compañía disquera le decía que el éxito se escapaba de sus canciones. Y aun así, el futuro seguía abierto”. Y entonces el gran maestro termina con la consabida frase: “y todos vivieron felices para siempre”... Con respecto a esta última fórmula, siempre pensé que es la manera que todo cuento tiene de darnos a entender que ya no nos corresponde saber más nada de lo que pasó. Lo mejor es no preguntar. Porque, ¿qué podría ser más irreal, más parecido al infierno que vivir para siempre felices?... En fin, repito: si ven que me estoy muriendo, háganme acordar de que me consiga un traje y una galera colorada para la próxima vida. Muy feliz Deprimartes para todos.



Pd: Especial atención al detalle de quién es el actor a quien Johnny tatúa al final del video, a ver si se dan cuenta.