martes, 29 de octubre de 2019

Capítulo 243: “I’m Gonna Be (500 Miles)”. The Proclaimers. (1988)




Deprimartes escocés:

“Cuando me despierto, bueno, sé que un día seré el hombre que se despierte a tu lado. Y cada vez que salgo sé que terminaré siendo el hombre que camine a tu lado. Y si me emborracho sé que un día seré el hombre que termine emborrachándose contigo. Y si actúo nervioso sé que seré el hombre que se pone nervioso por tu culpa”. Mi historia con esta melodía es un tanto particular. Pocas veces me ocurrió que una canción se me pegoteara de una forma tan persistente. En plena búsqueda de material para este humilde blog me topé de manera aleatoria con este tema. Lo escuché una sola vez y no le presté demasiada atención, y el único detalle que recordé fue el hecho de que estuviera interpretada por dos gemelos con una tremenda pinta de nerds. Pero hete aquí que en los siguientes días me la pasé canturreando la melodía del estribillo sin que pudiera determinar a qué artista pertenecía. Tenía la sospecha de que se trataba de estos chicos, pero no podía recordar el nombre de la banda; así que me la pasé tratando de encontrar a dos hermanos idénticos y con un importante grado de miopía. No tuve suerte en mi búsqueda y terminé por olvidarme de todo esto, hasta que un buen día la fortuna me sonrió y nuevamente aparecieron ante mi The Proclaimers con este juramento: “Pero caminaría quinientas millas, y luego caminaría otras quinientas más sólo para ser el hombre que caminó mil millas para caer de rodillas ante tu puerta”. Me inundó la alegría al reconocer que la tonada que me perseguía era la de los hermanos Charlie y Craig Reid, dos escoceses de pura cepa muy comprometidos con todas las causas de su pueblo. Y también encontré que contaban con más de una melodía pegadiza; como “Letter From America”, y especialmente “I’m On My Way”.

Esta canción ha terminado por convertirse en una suerte de himno no oficial de Escocia, esa porción de tierra ubicada bien al norte del Reino Unido que cada tanto recuerda que odia a los ingleses y se quiere separar del resto de Gran Bretaña. Y ha terminado por funcionar como una marca de identidad nacional, porque donde sea que suene este tema se puede saber si hay escoceses presentes entre el auditorio porque se ponen a saltar como locos al escuchar promesas como éstas: “Cuando estoy trabajando sé que seré el hombre que termine trabajando para ti. Y cuando empiece a ganar dinero por mi trabajo te pasaré casi cada centavo que gane a ti”. No es de extrañar que hayan llegado al éxito con esta canción, pues tiene ese tipo de ritmo marcado y percusivo tan propio de los artistas de las Tierras Altas; el mismo ritmo que han traído hasta nuestros días bandas escocesas como Travis o Franz Ferdinand.

Si bien la canción fue un éxito el año en que se estrenó, tuvo su momento de gloria cuando fue incluida en la banda de sonido de la película de 1993 “Benny & Joon”, protagonizada por Aidan Quinn, Mary Stuart Masterson y un muy joven Johnny Depp (que aún no tenía una carrera fílmica tan extensa como para tirarla por la borda, lo cual hizo un par de décadas más tarde). Trata sobre el amor entre personas que sufren de algun tipo de enfermedad mental. Pero al ver sus escenas, la manera en que está rodada y la fotografía del filme, no dejan de acudir a mi mente imágenes de esa época; y me inunda la melancolía por lo hermoso que fueron los primeros años de la década del ’90. Fueron un tiempo mucho más sano y luminoso, donde no había que tener ojos en la nuca para ver si alguien te seguía en la calle ni tenías miedo de volver tarde por las noches. Yo tenía veinte años y sentía que todo valía la pena. Fueron los mejores días de mi vida, una época despreocupada en la cual el futuro aún no había llegado con su carga de sueños incumplidos que hoy son el yunque sobre el cual la vida martilla lo poco que me queda de alma. Yo también sentía que podía hacer promesas de amor eterno como éstas: “Cuando vuelvo a casa sé bien que un día seré el hombre que vuelva a casa para verte a ti. Y si envejezco sé que seré el hombre que envejezca al lado tuyo. Cuando me sienta solo, sé que seré el hombre que se sienta solo porque tú no estás. Y cuando esté soñando, sé bien que estaré soñando con el tiempo en que estuve contigo”. En definitiva: fui feliz en esos años… Y prácticamente no me di cuenta. Hoy los añoro con el corazón hecho astillas y las lágrimas se me quieren escapar cada vez que los recuerdo. ¡Feliz Deprimartes!

martes, 22 de octubre de 2019

Capítulo 242: “It’s My Life”. The Animals. (1965)




Deprimartes mujeriego:

“Es un mundo difícil como para conseguir una oportunidad, todo lo bueno ya ha sido tomado por alguien más. Pero nena, hay formas de hacer que ciertas cosas dejen dinero. Y aunque hoy lleve puesto estos harapos, un día me vestiré con pieles”. He aquí un detalle que nos da cuenta de toda el agua que corrió bajo el puente durante las últimas décadas. Con el advenimiento del feminismo rampante que se vive en este nuevo siglo, estoy seguro de que el videoclip que ilustra esta canción hoy bien podría ser considerado como machista; debido a que la banda está tocando con una escenografía de fondo que exhibe cabezas femeninas colgadas en la pared como trofeos de caza. Si bien quisieron jugar con el nombre de la banda, es obvio que al ojo moderno esta elección estética le resultaría un tanto incómoda. Pero también marca la enorme cantidad de límites que se han roto, y la gigantesca distancia recorrida por nuestra sociedad gracias a una revolución de paradigma que se inició más o menos por la época en que este grupo hacía su aparición: “Escucha lo que te digo, voy a ser el dueño de mi destino. No voy a pasarme la vida sudando para pagar la renta. Óyeme bien, me estoy liberando; no tiene sentido que intentes detenerme, así que quédate cerca mío”.

Estoy hablando de The Animals, banda perteneciente a esa Invasión Británica que tomó Norteamérica por asalto allá por 1964. Se hicieron súper conocidos con su versión del clásico “The House Of The Rising Sun”, logrando que esta canción fuera la segunda en la historia en llegar al Nº1 de las listas a ambos lados del Atlántico; luego de “I Want To Hold Your Hand” de The Beatles. Su cantante  Eric Burdon es considerado uno de los mejores vocalistas de la historia, y es un buen ejemplo de lo extraño que se aparecían ante el ojo yanqui estos inglesitos prolijos de traje y corbata haciendo música de artistas negros. Algunas teorías señalan que es el “Hombre Huevo” en la letra de la canción “I Am The Walrus” de los Cuatro de Liverpool, ya que John Lennon había coincidido con Burdon en alguna fiestas psicodélicas donde éste último tenía por costumbre el partir huevos crudos sobre mujeres desnudas… En fin, así eran los Años ’60: “Pero nena, recuerda que es mi vida y haré con ella lo que quiera. Esta es mi mentalidad y pensaré lo que quiera. Demuéstrame que estoy equivocado. Lastímame cuanto quieras, pero un día yo te trataré como a una reina”. The Animals consiguieron rápidamente el éxito, pero en el camino les pasó de todo. Primero su tecladista y fundador Alan Price abandonó la banda ante su imposibilidad de realizar giras, pues no podía superar su miedo a volar en avión. Luego se les fue el bajista, el rubio Chas Chandler, quien abandonó la banda en 1966 para dedicarse a ser representante; y tan mal no le fue, ya que su primer representado fue un tal Jimmy Hendrix. Finalmente el grupo acordó hacer una gira por el lejano Japón, sólo para tener que interrumpirla y huir del país debido a la amenaza de la mafia local. La Yakuza era quien estaba detrás de la organización de la gira, y consideraron que los músicos les debían dinero de antemano. En mi humilde opinión, esta sí es una buena excusa para disolver cualquier banda: ser amenazados de muerte por la mafia japonesa.

“Siempre habrá mujeres con mucho dinero que quieran adoptar a un huérfano como yo. ¿Vas a llorar cuando les exprima hasta el último centavo? Porque les sacaré todo sin tener ningún remordimiento. Les mentiré descaradamente y me quedaré con todo su dinero. Créeme, cariño; todo ese dinero será mío. ¿Puedes creerlo?”. La letra de esta canción suena bastante descarada en cuanto al desenfado con que el protagonista confiesa su plan de convertirse en un gigoló. Se trata de ese arquetipo del conquistador romántico que atrapa con embustes a señoras cuyos mejores años ya han quedado en el olvido, y que hoy en día se encuentran dispuestas a soltar algo de dinero para obtener una cuota de afecto. Simple ley de oferta y demanda. Y al parecer uno de los requisitos necesarios para ejercer esta profesión es la de no tener ningún tipo de escrúpulos. El amante masculino tiene prohibido mirar por sobre su hombro para ver el tendal de corazones rotos y cajas fuertes vacías que su accionar dejó tras de sí. Tienen la culpa exorcizada y una rutina de emociones falsas muy bien ensayada para lograr la próxima conquista. Aún a costa de su propia dignidad, esta es gente que no teme pasarse una buena temporada en el Purgatorio: “Yo no soy ningún santo, pero tampoco he recibido quejas. Así que ahora vete y trata de arreglártelas como puedas”. ¡Feliz Deprimartes!

martes, 15 de octubre de 2019

Capítulo 241: “Bright Eyes”. Art Garfunkel. (1979)




Deprimartes somnoliento:

“¿Estoy en una especie de sueño flotando a la deriva? ¿Me voy dejando llevar por el curso del río de la muerte, o esto es tan sólo un sueño?”. El productor de una canción puede hacer que las simples ideas se transformen en una obra gloriosa o en un desastre sonoro, todo dependiendo de qué decisiones tome a la hora de grabar. Y aquí tenemos un excelente ejemplo de cómo llegar a un clima de ensueño, esa atmósfera tan bien lograda que parecía sólo poder conseguirse en los años ’70. Nos recibe una introducción a cargo de instrumentos de viento seguido de un ataque de cuerdas, y todos parecen provenir de una orquesta. Pero luego desaparecen ambos elementos hasta el estribillo. En medio la dulce voz de Art Garfunkel, tan sólo acompañada por unos arpegios y un bajo, se va haciendo preguntas que en realidad no parecen querer encontrar respuesta: “Hay una niebla cubriendo el horizonte y un extraño resplandor en el cielo. Y nadie parece saber hacia dónde va todo esto, o qué significa. ¿Será tan sólo un sueño?”. En el estribillo se suma la percusión, las voces de apoyo y vuelve la orquesta para brindar un fondo suave sobre el cual sigue brillando la voz convertida en eco.

Tal vez esta ha sido la mejor voz que nos haya dado un género como el Folk, que no solía caracterizarse por tener grandes voces sino más bien por la calidad de las letras de sus canciones. En este ámbito apareció un humilde dúo compuesto por un hombrecito muy pequeño llamado Paul Simon y un tipo muy flaco y alto llamado Arthur Garfunkel. Ambos tuvieron una breve pero exitosísima carrera bajo el nombre del que tal vez haya sido el mejor dúo de la historia: Simon & Garfunkel. Una vez separados, nadie dudaba del éxito seguro del cantautor Paul Simon, y todos miraban de reojo la carrera solista de Art. Pero ambos músicos tuvieron su cuota de éxito, aunque por las suyas nunca lograron equiparar todo lo que hicieron como dúo. Como consuelo, de tanto en tanto se los suele ver reunidos y cantando sus grandes éxitos. Y Garfunkel aún le hace frente al paso de los años para dejar sonar su voz tan melosa y angelical, tal como la podemos escuchar en esta canción: “Ojos brillantes, ardiendo como el fuego. Ojos brillantes, ¿cómo pudieron haberse apagado? ¿Cómo pudo la luz que ardía tan brillantemente volverse de repente tan pálida?”.

Muy evocativa, esta melodía nos va meciendo suavemente entre verso y verso; aunque su letra es tan etérea que ella misma se pregunta si todo esto tiene algún significado: “¿Es alguna clase de sombra lo que parece estar alcanzando a la noche? Pasa vagando sin ser vista entre las colinas. ¿O es tan sólo un sueño?”. Si bien se le podría encontrar una connotación romántica a la letra y verla como una queja dolorosa frente a un amor que se apaga; la canción hace viajar a la mente, y ésta parece escuchar el lamento de un bosque lejano por la llegada de los días cortos del invierno. La queja dolorosa va dirigida al Sol, porque ese ojo brillante en el cielo ya no brilla como en sus mejores días: “Sopla un viento fuerte entre los árboles, hay un frío sonido en el aire. Y nadie nunca sabe cuándo te vas o cuándo es que comienzas tu marcha hacia la oscuridad”. Ya volverá la primavera... ¡Feliz Deprimartes!

martes, 8 de octubre de 2019

Capítulo 240: “One On One”. Hall & Oates. (1983)




Deprimartes deportivo:

Escena típica de una charla entre hombres, uno se pone a contar una anécdota e intenta explicarle a los demás alguna situación difícil de graficar. Trata de darse a entender con palabras estrafalarias, con comparaciones improbables, y hasta recurre a hacer gesticulaciones extrañas con las manos. Finalmente, saca a relucir su último recurso, el que siempre es efectivo: “Es como cuando pateas un tiro libre y le pegas con efecto, para que pase por afuera de la barrera”. Y allí se escucha un aluvión de: “¡Ah, sí!”, seguido por algún que otro trasnochado: “¿Por qué no lo explicaste así antes?”. Pareciera ser que para los hombres, las metáforas deportivas son el idioma común con el cual dejar en claro todo tipo de detalles. Y por supuesto, hay quienes tienen esto tan incorporado que no reparan en hablar de cuestiones amorosas con su interés romántico usando todo el tiempo parábolas futbolísticas o de cualquier otra competición: “Estoy cansado de jugar para el equipo, parece que ya no logro que me concedan un tiempo fuera. Qué cambio tan grande sería si ambos estuviéramos en el mismo bando, y que ninguno intentara ganar el juego por sí solo”. Si nos tomamos un minuto, se nos vendrá a la mente todo un pelotón de expresiones devenidas del deporte y que son de uso cotidiano; más que nada por tu tremenda efectividad para dar a entender algo en particular. Y no es un lenguaje que le sea completamente ajeno al género femenino, pero probablemente asisten de manera contemplativa a la diatriba masculina con un dejo de vergüenza ajena. Le debe resultar demasiado básico a una fémina que un hombre tenga tan pocas herramientas para comunicar lo que le pasa, pero ocurre que los varones usamos aquellas formas de comunicación que ya sabemos que sí funcionan; así que, ¿para qué buscar otras?: “Oh, ya puedo sentir la magia de tus caricias, y cuando te acercas un poco significa tanto para mí. Tienes que entender, nena, que estoy aquí para tener un tiempo fuera contigo”.

Daryl Hall y John Oates conforman un dúo que tuvo un éxito arrasador en la década del ’80. Se cansaron de vender discos en esos años, con un suceso tan grande que han llegado a ser considerados el dúo más exitoso a nivel comercial de toda la historia (para mi gusto personal no les llegan ni a los talones a Simon & Garfunkel). Sin embargo esa no es toda la historia. Ocurre que Hall & Oates remaron durante toda la década del ’70 para acceder a la popularidad, sin conseguirlo. Y una vez que su década de gloria pasó, y con los bolsillos llenos de billetes muy bien ganados, se dedicaron a producir música para un público más adulto; sin que la cima de los charts fuese un norte al cual apuntar. Dejaron una estela imborrable de canciones que son reconocibles a la distancia, y siempre con el buen gusto musical de dos artistas cuya química es enorme: “Cuerpo a cuerpo, ahora sé que así es como quiero jugar. Cuerpo a cuerpo, quiero jugar ese juego esta noche. Cuerpo a cuerpo, lentamente; y eso es todo lo que necesitas entender ahora. Porque si lo nuestro realmente es lo correcto, entonces no importará nada más”.

En el videoclip de esta canción vemos al bueno de Daryl entregándose a las cavilaciones que se nos dan casi de manera natural mientras caminamos por la calle, rodeados de extraños; y que parecen ser las mismas que nos asaltan cuando estamos tirados en la cama intentando conciliar el sueño. En esos momentos el corazón parece que late más fuerte y se nos llena el pecho de valentía para pronunciar las palabras que frente a la persona amada se nos suelen atascar en la garganta: “No puedes decirme que no me extrañas, nena; creo que te conozco demasiado como para creer eso. Y me pregunto qué pensarías si supieras que te iría a ver esta misma noche”. El clima de este tema está muy bien logrado, siendo un típico lento meloso como para bailarlo en compañía de una niña con brillo en los ojos. La canción abreva con sus coros en los ritmos del Doo-Wop, ese género vocal tan típicamente afroamericano de los años ’50; y el sonido del saxofón no hace otra cosa que edulcorar aún más la atmósfera propicia para convocar el amor. Es la situación ideal para que los hombres la arruinemos intentando parecer románticos con otra metáfora deportiva: “No existe nada más que tú y yo, no quiero a nadie más. Nena, estoy cansado de jugar, no quiero jugar ese tipo de juegos nunca más. Sólo quiero jugar contigo. Sólo tú y yo”. Se ve que los hombres nunca aprenderemos. En fin… ¡Feliz Deprimartes!

martes, 1 de octubre de 2019

Capítulo 239: “Simple Kind Of Life”. No Doubt. (2000)




Deprimartes casamentero:

Otra banda que nunca me cayó del todo bien: No Doubt. Tal vez sean interesantes, pero no tanto como ellos creen. Su música guarda el embrión de un Ska mezclado con algo de Punk, pero nunca tuvieron un sonido demasiado distintivo como para creer que el mundo gira en derredor de ellos. O al menos eso nos hace pensar su cantante Gwen Stefani, que no hace otra cosa que cantar en todas sus letras cómo se lamenta una y otra vez por haber terminado su relación con el bajista de la banda, Tony Kanal: “Tu apareciste, y ahora yo te estoy dando caza; como si fuera una enferma abusiva doméstica buscando iniciar una pelea”. Las historias de amor suelen comenzar con la aparición rutilante de alguien que nos roba el corazón y nos hace sentir que el mundo se ha detenido. Nada más importa. Sólo esa persona que tenemos enfrente y por la cual acabamos de darnos cuenta de que tenemos sentimientos que nos cuesta controlar. Y cuando todo se descontrola, corremos el serio riesgo de dejar de ser individuos pacíficos y volvernos el estereotipo del psicópata enfermo de celos. Desgraciadamente es bastante común, y suele terminar como se espera: “Por un buen tiempo estuve enamorada. No sólo enamorada, estuve obsesionada con una amistad que nadie más podía tocar. Pero no terminó bien y terminé envuelta en una caparazón. Y lo único que quería eran las cosas simples, una clase de vida simple. Y lo único que necesitaba era un hombre simple, para que pudiera convertirme en esposa”.

“Estoy tan avergonzada, he sido muy mala. No sé cómo fue que llegué a este punto, ya que era yo quien siempre daba todo el amor”. El videoclip de esta canción nos da una idea bastante gráfica de las presiones que sufren las mujeres en cuanto a mandatos biológicos y sociales se refiere. Si bien hoy en día ciertas imposiciones ya se han ido diluyendo, aún recuerdo una época no muy lejana en la cual se esperaba que una mujer estuviese casada antes de los treinta años, y tuviera al menos un par de hijos. Esto, a causa de algo llamado “reloj biológico”, suele chocar de lleno con los sueños de juventud de cualquier niña de bien; ya que la llegada de una responsabilidad tan grande con forma de bebé obliga a postergar indefinidamente la felicidad personal para perseguir la del retoño. Por una buena época, en la cabeza femenina se juega una cinchada constante entre estas ideas de vida casi contrapuestas; y ese tipo de tira y afloje mental puede generar una buena dosis de angustia diaria, de cambios de idea constantes. Y ahí la vemos entonces a Gwen, primero huyendo a toda velocidad en la vida real del compromiso del casamiento, para luego soñar que intenta detener a sus compañeros de banda; que se divierten rompiendo cientos de pasteles de boda a garrotazo limpio. La novia toma un pedazo de pastel caído y lo prueba, para tratar de comprobar si su dulzura se debe a que encierra la idea de un amor perfecto, brillante y eterno como un diamante: “Si nos viéramos mañana por primera vez, ¿comenzaría todo otra vez? ¿Intentaría hacerte mío?”.

“Siempre pensé en convertirme en madre, y a veces deseo cometer un error. Pero entre más espero más egoísta me vuelvo. Y tú parece que serías un buen padre”. Esta cuestión tan moderna y tan francesa del amor romántico trae consigo algunos contratiempos. Porque en todo lo que se refiere al amor como proyecto de pareja, siempre parece rondar esa idea de que hay que pasar a un siguiente nivel. Siempre hay otra cosa que alcanzar. Primero hay que ponerse de novios, luego comprometerse, obviamente hay que casarse, tener hijos, un perro, comprar un coche, una casa, mandar a los chicos a la escuela, tener unas vacaciones en familia, etc. Es como si no existiera la noción de detener la marcha para disfrutar de lo logrado, simplemente hay que conseguir metas todo el tiempo… Por suerte en este nuevo siglo todo es mucho más laxo. Creo firmemente que, siempre que no represente un perjuicio para nadie, una persona tiene que poder estar con quien quiera estar con él o ella. La felicidad no es una franquicia llamada matrimonio, que puede aplicarse normativamente sobre todo el mundo. La felicidad no es una fórmula que pueda ser cuantificada, porque es una sumatoria de sensaciones totalmente subjetivas. La felicidad es personal, y ninguna es igual a la otra. Es así de simple, y cuando se nos ocurre que la vida debería ser más elaborada que eso es cuando todo se vuelve más complicado: “Ahora todas esas cosas simples se han vuelto simplemente muy complicadas para mi vida. ¿Cómo seguiré siéndole fiel a mi libertad, si es sólo una forma de vivir tan egoísta?”. Sólo se trata de saber elegir… ¡Feliz Deprimartes!

martes, 24 de septiembre de 2019

Capítulo 238: “The World I Know”. Collective Soul. (1995)



Deprimartes colectivo:

Collective Soul se ha transformado en una banda emblemática del Rock Indie de los años ’90. Su sonido coqueteaba con el Grunge, pero en realidad optaban mayormente por canciones con potentes riffs de guitarras y melodías bastante pegadizas. Sus éxitos como “Shine”, “December” o “Run” son imposibles de evitar para cualquier amante del buen Rock. Con un repertorio lleno de canciones totalmente disfrutables, aún así de tanto en tanto se detenían a considerar la vacuidad de la propia existencia: “¿Se nos ha revelado nuestra propia consciencia? ¿Ha soplado ya la dulce brisa? ¿Es que ha desaparecido toda la bondad? Espero que todavía permanezca algo de ella”. El videoclip de este tema desgrana la rutina con que empieza su día un ser humano común y corriente, como podría ser cualquiera de nosotros. Todo consiste en estar constantemente apurando el paso para no decepcionar a las manecillas del reloj, y caminar entre murallas de edificios que nos impiden cruzarnos con aunque sea una mísera brizna de sol. Haciendo juego con todo esto, aparece un muy pobre desayuno al paso que seguramente nos agujereará un poco más el estómago; junto con las noticias, que lo único que hacen es carcomernos el alma y llenarnos de desánimo frente a un mundo que sólo saca a relucir sus matices más horripilantes. Es normal sumergirse en un periódico, la noche y su descanso poco reparador nos han dejado famélicos de novedades, queremos saber qué pasó en cualquier esquina del mundo mientras no estuvimos alerta. Y como sólo es noticia el único avión que cae a tierra, y no los miles y miles que a toda hora llegan sin problema a destino, la fatalidad se compra una parcela en nuestro inconsciente y nos acompaña el resto del día. Todo esto forma parte de la alienación de toda gran ciudad, esa misma que nos impide ver el sufrimiento del prójimo que tenemos frente a nuestro mentón. Nos hemos vuelto insensibles, tenemos formado en el espíritu ese callo que no nos deja empatizar con el dolor ajeno. Es una realidad en la que ni siquiera los pequeños gestos de misericordia parecen tener lugar, y son aplastados como cualquier flor insolente bajo el peso de una bota; sin que nosotros seamos capaces de comprender por qué ocurre todo esto: “Y brindo conmigo por esta nueva tristeza que siento por mí mismo, sentado completamente solo aquí en la ciudad de Nueva York. Y no sé por qué”.


“¿Estamos escuchando estos himnos de ofrenda? ¿Tenemos ojos como para apreciar el amor que se amontona en todas partes? Todas las palabras que he estado leyendo han comenzado a sangrar hasta convertirse en una sola”. Cuesta mantener una actitud optimista con el ritmo diario, y todo se vuelve azul. Tenemos oscurecida la vista no sólo con lágrimas sino también con nubarrones apocalípticos. Sentimos que todo pesa como un yunque en el alma, y barajamos como último acto de honor la posibilidad de reunir la poca valentía que nos queda para tomar una decisión; tal vez la única de la que nos sintamos realmente dueños. Toda la vida nos enseñaron a ir hacia arriba, así que escalar nos resulta casi natural. Alcanzar una cierta altura desprendiéndose de todo el lastre innecesario para este viaje, y echar una última mirada en derredor; como queriendo encontrar una señal. Cualquier gesto azaroso que le dé algún tipo de significante a nuestra vida. Algo que nos haga saber que todo lo hermoso que fuimos capaces de sentir puede volver a ser realidad.

Y si esa señal llega, como en este caso una paloma se posa en la mano del suicida, todo cambia. Todo vuelve a tener colores. Y es que se ha liberado. Una parte de él sí saltó al vacío, y lo que dejó atrás fue una persona distinta. Una persona que ha aceptado el sinsentido de la vida, y que se ha liberado justo por el hecho de dejar de buscarle un significado a su tiempo en este mundo. Una persona que ahora puede ver con ojos nuevos que todo este tiempo sólo ha sido una hormiga recorriendo un sendero. Correteando sin detenerse con los ojos pegados a la tierra, detrás de las migajas que le arroja la sociedad. Nada tenía sentido antes, y ahora tampoco; pero al menos ya lo sabe. Es el mismo mundo de antes, pero él es ahora una persona diferente. Por eso todo ha cambiado: “Así que voy hacia lo alto y me detengo en el borde, para saber cómo se ve mi mundo allí abajo. Y me río de mí mismo mientras se me caen las lágrimas, porque se trata del mundo que conozco”. Como todas las almas con penas existencialistas, el suicidio siempre está entre mis ideas favoritas. Tengo en claro que se requiere una labor titánica para juntar lo poco de uno que aún guarde algo de dignidad como para enfrentar esa última labor. Es por eso que siempre me ha molestado enormemente que se tilde a los suicidas de cobardes. Quienes dicen eso seguramente jamás se han visto en la situación de sentir que cada día es ligeramente más amargo que el anterior. Por suerte, hubimos quienes aprendimos algo de lo ocurrido, y hoy de tanto en tanto podemos disfrutar de ese pequeño rayo de Sol que suele colarse por entre la muralla de edificios. ¡Feliz Deprimartes!

martes, 17 de septiembre de 2019

Capítulo 237: “Private Dancer”. Tina Turner. (1984)



Deprimartes bailarín:

La carrera de Tina Turner ha sido un dechado de superación constante. Primeramente, y habiendo sido adoptada por un matrimonio que luego se separó, sufrió el desarraigo constante de tener que vivir en casas de varios parientes lejanos durante su adolescencia. Luego le llegó un éxito mediano al sumarse a la banda de quien sería su esposo, el músico Ike Turner. Con el tiempo, y ya como dúo, serían teloneros de monstruos como Janis Joplin, Cher, Elton John, Ray Charles, James Brown, y Elvis Presley, entre otros. También acompañaron en sus shows a David Bowie, quien sería el responsable de devolver a Tina al éxito; apadrinándola luego de que su matrimonio se convirtiera en una seguidilla de hechos de violencia doméstica. Cuando la carrera solista de la morena estuvo prácticamente estancada, fue Bowie quien hizo lobby para que los directivos de su compañía discográfica se fijaran en el talento de esta gran mujer; que ya acarreaba los años suficientes como para cantar sobre temas maduros sin perder su potencia rockera, y vaya como ejemplo este vademécum de consejos prácticos para ganar dinero a costa del deseo masculino: “Los hombres vienen a este tipo de lugares, y los hombres son todos iguales. No les miras las caras, y menos aún les preguntas su nombre. Ni siquiera piensas en ellos como humanos, no les dedicas ni siquiera un pensamiento. Sólo te concentras en el dinero, mientras pierdes la mirada en un punto en la pared”.

En este videoclip Tina nos da una clínica sobre cómo ejercer el oficio más viejo del mundo, la prostitución. Sin perjuicio de mi opinión personal, la cual me reservo, siempre se nos ha presentado la cosmovisión de que a lo largo de la historia el ser humano se ha encontrado pujando en esta disyuntiva: por un lado se considera a las pulsiones masculinas como algo imposible de detener, y por el otro está la negativa a prohibir totalmente el comercio de sexo para prevenir los desastres que podrían causar los hombres insatisfechos contra el honor y la virtud de las damas de bien. Que un hombre en sus mejores años pudiese acceder a los servicios amatorios de una hermosa mujer era algo que había que permitir como sociedad, para no dar lugar a que se produzcan desmanes y atrocidades. Desde Onán a esta parte, cuanto advenedizo ha aparecido Biblia en mano nos ha enseñado que la simiente del hombre tiene que ser utilizada para procrear. El pueblo de una nación debe crecer en número, y su ejército tiene que ser más numeroso. Es por eso que siempre ha estado mal visto el desperdicio de material genético de parte de los varones. El mensaje incuestionable que nos han transmitido es que el hombre “siempre tiene que querer”. Y si no puede proveerse de una mujer que pueda encargarse de sus necesidades urgentes, no estaría tan mal que pague por ello. Y así nacieron las profesionales del amor, que por lo general también sabían ser bailarinas: “Soy tu bailarina privada, bailo por dinero, y haré lo que quieras que haga… Cualquier buena música que pongas me servirá”. Por la razón que fuere, no es tan poco común ver que las mujeres que se han entrenado como profesionales en las danzas exóticas tengan a mano el hecho de ejercer la prostitución. Así es como en el inconsciente colectivo quedó impregnada esa idea de que se relacione la danza con la oferta sexual, o al menos, sobreentender que pueden ir de la mano. No por nada en este video se nos ilustra mostrando distintos tipos de danzarinas además de las clásicas con tutú, también podemos ver a la desprejuicidada bailarina de cancán, y a la sensual “bailaora” de flamenco. También vemos una geisha, todo un estereotipo equivocado sobre la sumisión sexual de la mujer hacia el hombre.

“Quiero juntar un millón de dólares, quiero vivir en una casa en la playa, tener un marido y algunos hijos. Sí, creo que me gustaría formar una familia”. Como nos deja en claro la letra de la canción, todos tenemos sueños; aún quienes se encuentran en la situación momentánea de tener que ofrecer su cuerpo como un bien de consumo. Siempre me pregunté qué pasará por la cabeza de una mujer que se ve obligada a alquilar su sexo para salir adelante. Cómo serían sus verdaderos sueños, y cómo lucharía contra los prejuicios que se topa día a día; por tratarse de una ocupación tan mal vista por los demás. ¿Serán concientes de que lo que están haciendo es sólo un sacrificio para poder cerrar este capítulo deshonroso de su vida, o esto también será una parte cotidiana de esa realidad que no les permite ver un futuro más allá de sus propias narices? ¿Soñarán con un amor duradero, o ya estarán acostumbradas al desencanto de no ver el rostro de ningún hombre?: “Marcos alemanes o dólares me dan igual. También acepto American Express, muchas gracias. Deja que te afloje esa correa que te ahorca; dime, ¿quieres verme contonearme otra vez?”. Sobre el final Tina decide irse intempestivamente y dejar atrás ese antro, sólo para ser reemplazada inmediátamente por otra mujer más joven y con más ansias de devorarse el mundo; como si nada hubiera ocurrido allí. El mundo sigue girando sin que le importe un rábano qué sueños destroza cuando pone sus engranajes en movimiento. ¡Feliz Deprimartes!

martes, 10 de septiembre de 2019

Capítulo 236: “Sinkin’ Soon”. Norah Jones. (2007)




Deprimartes hundido:

“Somos un pedazo de pan en la olla de estofado, y la miel en el té. Somos cubos de azúcar, uno o dos terrones en el café negro. La corteza de un pastel de manzana que brilla bajo el sol en la tarde, somos una rueda de queso que vuela alta en el cielo. Pero vamos a hundirnos muy pronto”. Cuando el Jazz se digna bajarse de ese altar en que cree que está y se acerca a otras expresiones musicales no tan pretensiosas como el Pop, pueden aparecer artistas como la cantante y pianista Norah Jones. Su interesantísima voz tiene ese pequeño color distintivo al oído que la hace tan reconocible, y esto probablemente tenga una raíz en la mixtura de sus genes. Hija de madre estadounidense, su padre no la conoció sino hasta casi treinta años después. Y no es un dato menor, ya que se trataba nada más ni nada menos que de Ravi Shankar, el gran maestro oriental que le presentó la música india a The Beatles. Tal vez el mejor instrumentista de su época, destacó tocando el sitar; destino que comparte con su otra famosa hija Anoushka, la media hermana de Norah. Tantos años alejada de su familia hindú, seguramente ensombrecieron el carácter de esta niña como para que nos cante temas que dicen cosas como ésta: “En un bote construido con palos y heno, vamos flotando a la deriva con un capitán que es demasiado orgulloso como para aceptar que ya ha tirado los remos por la borda. Y ahora un muy pequeño agujero se ha transformado en una grieta en este pontón barato, así que el casco ya ha empezado a debilitarse; y vamos a hundirnos muy pronto”. Todo el videoclip de esta canción está filmado en un altillo, y como cualquier oscuro cuarto lleno de tesoros olvidados, éste está lleno de historias. Hasta los ratones que lo habitan parecieran tener cierto talento por vivir entre cosas tan interesantes. Los altillos se nos aparecen en la memoria como esos lugares mágicos de acceso restringido, que son y no son parte integral de un hogar; ya que allí va a parar todo lo que la familia no necesitará en el corto plazo. Viejos electrodomésticos que arreglaremos algún día que nunca llega, instrumentos musicales desvencijados pertenecientes a un par de sueños que tuvimos y que ya han muerto hace mucho. Prendas de vestir y juguetes que han sido usados décadas atrás por personas que nuestra memoria nos asegura sin posibilidad de error que somos nosotros mismos. Tipos de calzado, pelotas y artefactos que darían testimonio ante cualquier juez de que en algún momento de nuestras vidas jugamos a algún deporte, y seguramente de forma vergonzosa.

Los altillos suelen ser un cementerio de momentos, un potencial sitio arqueológico, y el lugar ideal para que se vayan a vivir los fantasmas de nuestros seres queridos. Visitar uno nos exige el mismo temple que necesitaríamos para adentrarnos machete en mano en cualquier ruina ancestral. La pobre iluminación, las capas de polvo y los jirones de telarañas nos avisan que todo lo que está allí tal vez desea permanecer ignorado. Y es que allí habita nuestro pasado. Cualquier cosa que toquemos cobrará vida por un nuevo y breve instante. Al abrir cualquier baúl nos inundará el olor a papel viejo que dispara los recuerdos como si fuera un ejército de luciérnagas revoloteando a nuestro alrededor. Cartas de un tono ocre donde se juraron y perjuraron amores eternos que no siempre lo fueron tanto. Fotografías que nos hablan con palabras que no comprendemos. Alguna baratija ya sin brillo que vale más para nuestro corazón cuanto más anciano se va poniendo. Y todos esos recuerdos nos dicen lo mismo: disfruta del día, porque en poco tiempo todo se va a terminar: “Todo el mundo contenga la respiración, porque nos vamos a hundir muy pronto. Hasta el fondo nos iremos”. Todo nuestro pasado, y el de nuestros afectos, está en ese cuarto, gritándonos que ni siquiera se nos ocurra olvidarlo. E invitándonos a volver más seguido.

“Como el pedazo de pan en la olla de estofado y la miel en el té. Como los cubos de azúcar, ¿quieres uno o dos terrones? No, gracias; ninguno para mí”. Muy alegremente nos sigue susurrando Norah su letanías apocalípticas, y lo hace con una alegre mueca cómplice. Es que de eso nos ha venido cantando todo el tiempo, sobre lo inevitable del destino. Hagamos lo que hagamos, todo terminará; así que, ¿por qué poner mala cara? Disfrutemos, de todas maneras ya nos dimos de narices contra el iceberg. Sigamos escuchando a los músicos tocar, porque en un par de horas (tal vez semanas, tal vez años) todo terminará. Y ya nada importará. Continuemos escuchando a esta orquesta, y que sus acordes nos sirvan como música de fondo para nuestro propio gran final: “Como la rueda de queso que vuela alta en el cielo, bueno, estamos por hundirnos muy pronto”. ¡Feliz Deprimartes!

martes, 3 de septiembre de 2019

Capítulo 235: “Drivin’ My Life Away”. Eddie Rabbit. (1980)




Deprimartes camionero:

Es bien sabido que el Country y el Blues son dos de los ingredientes más importantes de la fórmula que le dio origen al Rock & Roll. Y una vez que el Rock tomó su propio vuelo, en un buen momento se acordó de su progenitor y lo fue a buscar. Le prestó su potente base rítmica, y así fue como nació el Country Rock. Agradablemente bailable, de poderoso sonido, y siempre con letras bastante simplonas que se ocupaban de los avatares diarios de la gente común que atraviesa la vasta llanura agrícola de EE.UU.: “Bueno, las luces de medianoche sí que te ciegan en una noche lluviosa. Hay una pendiente pronunciada delante que me podría retrasar, pero la pasaré sin demoras porque tengo que seguir rodando”. Lo diré de una vez: pocas cosas hay en este mundo tan efectivas para ponernos de buen humor como una buena canción Country, ese género tan propio del interior rural norteamericano. Y si no me creen, le apuesto mi alma al diablo a que no podrán dejar de mover los hombros al compás del ritmo cuando escuchen temas como “Flint Hill Special”, “She Taught Me To Yodel” o “Whiskey For Breakfast”. Se trata de ese tipo de melodías que bien podrían arrancar a una muchedumbre de sus sillas para que comiencen a hacer un Line Dance, probablemente el único tipo de baile que me gustaría aprender.

El Country se diferencia del Blues no sólo por su clara raigambre blanca (el Blues siempre ha sido preponderantemente negro), sino también por su intencionalidad de querer permanecer como un ámbito más bien hermético. Nunca ha pretendido salir de Norteamérica, y aun así, ha ganado simpatizantes en muchísimas partes del mundo. Sus límites con el Rock son más bien difusos, al punto de no poderse asegurar con total claridad qué es netamente Country y qué es Country Rock. Dentro de ese margen borroso se encuentran nombres como Eagles, Poco, y Creedence Clearwater Revival, entre muchos otros. Pero aquí tenemos a un hombre mucho más emparentado con el Country tradicional, un cantautor que llegó a la cima de los charts y que llegó a escribir temas nada más ni nada menos que para Elvis Presley. Estoy hablando de Eddie Rabbit, quien como buen hombre de campo, decidió cantarle a esas personas que mueven la economía de un país a través de las rutas: “Mis limpiaparabrisas van marcando el compás, llevando el ritmo perfecto de la canción que suena en mi radio. Y yo tengo que seguir rodando”.

“Voy manejando durante toda mi vida, buscando un mejor camino para mí. Voy manejando toda mi vida, buscando un día soleado”. Si hay una canción perfecta para ir escuchando mientras uno conduce un camión, creo que ésta se acerca bastante a ese ideal. Guarda en la esencia de sus compases, y en su misma letra, la simpleza misma de la vida en la ruta de un conductor cualquiera. Esa practicidad bucólica que parecen observar aquellos que se saben meros engranajes de una maquinaria mayor, y que han entendido que en el sólo hecho de seguir girando cual ruedas dentadas se puede encontrar un sentimiento parecido a la felicidad. Detrás de un volante, y frente a los kilómetros vacíos que se extienden hasta el horizonte, su mente no parece tener cavilaciones ni proyectos de importancia; sólo prevalece una actitud resignada y carente de sueños que se les ocurre ligeramente deliciosa. Es como un trance. Un estado de vigilia para prevenirse a tiempo de cualquier desventura con que quiera chantajearlos el camino: “En la parada de camiones se me acercó una chica linda y quiso que la llevara a dar un paseo diciéndome que no me arrepentiría. Pero era tan sólo una niña. ¡Camarera! Sírvame otra taza de café que tengo que ponerme la chaqueta y salir apurado a la carretera para seguir persiguiendo la mañana”. Así es la vida, sólo se trata de seguir rodando hasta que nos alcance el nuevo día. ¡Feliz Deprimartes!

martes, 27 de agosto de 2019

Capítulo 234: “If You Leave Me Now”. Chicago. (1976)




Deprimartes suplicante:

Hacia comienzos de la década del ’70 estaba afianzándose una nueva cabriola que el Rock intentaba hacer en su afán de expandirse y conquistar nuevos territorios musicales. Este nuevo subgénero que se venía estableciendo desde hacía unos años se dio en llamar Jazz Rock, y se trataba ni más ni menos que de la inclusión de una sección de vientos a lo que es el núcleo de una banda rockera convencional. Así, las trompetas, saxos y trombones se sumarían, no como arreglos eventuales, sino ya como integrantes plenos del conjunto. Era una época de sincretismo en la cual el Rock intentaba amalgamarse con todo y con todos; por ejemplo algo parecido venía haciendo por esos años la Electric Light Orchestra, pero con una sección de instrumentos de cuerda en lugar de vientos. Y entre los grupos que comenzaron a catalogarse bajo esta nueva denominación de Jazz Rock tenemos ejemplos de renombre como Blood Sweat & Tears, y The Mothers Of Invention del genial Frank Zappa. Pero entre todos esos conjuntos, el que mayor éxito comercial obtuvo fue Chicago, cuyas canciones hoy en día son eternas habitués de la programación de trasnoche de las emisoras FM; gracias a su sonido cuidado que en más de una ocasión los acercaba al Soft Rock con baladas como ésta: “Si te marchas ahora te llevarás la mayor parte de mí. Así que por favor, mi amor, no te vayas. Y si te vas ahora me arrancarás el corazón. Así que por favor, mi amor, no te vayas; sólo quiero que te quedes”.

Por supuesto que la estructura musical de cada canción ganaba enormemente en calidad, no sólo por la sumatoria de instrumentos sino también porque los músicos que conformaban estas bandas solían estar muy familiarizados con la riqueza sonora del Jazz y sus variaciones de compases, la compleja elaboración de los arreglos y el virtuosismo que podía apreciarse en los solos. Su música estaba destinada para un público bastante exclusivo, pero en su momento decidieron enfocarse a una audiencia más amplia apelando a letras bien simplistas; que no opacaran el deleite instrumental: “Cuando llegue el día de mañana y los dos lamentemos las cosas que dijimos hoy”. Así fue como tornaron hacia un sonido un poco más comercial y lograron grandísimos éxitos como “Hard To Say I’m Sorry”, o “You’re The Inspiration”, cantados por la aguda voz de su bajista, Peter Cetera; pero una vez que éste se fue de la banda para tener una muy exitosa carrera solista, los Chicago volvieron a sonar con una impronta más jazzera.

“Un amor como el nuestro es el tipo de amor que es difícil de encontrar, ¿cómo podríamos permitir que se nos escape? Hemos llegado muy lejos como para dejar todo esto atrás, ¿cómo podríamos dejar que esto termine así?”. La letra de esta canción no ofrece mucho margen para el análisis. Es una primordial súplica para no ser abandonado por la persona amada. Tan simple como eso, pero ahora bien, ¿no será acaso que todas las canciones que hablan sobre desamor están disfrazando poéticamente este mismo pedido? ¿No nos persigue ese miedo a ser abandonados desde nuestros primeros instantes en este mundo, desde nuestro primer llanto como bebés para que una mano amorosa supla nuestras necesidades más básicas? Por detrás de las palabras que cuidadosamente elegimos para rogarle a nuestro amor que no nos deje atrás se esconde ese terror primigenio a encontrarnos solos y desprotegidos de la seguridad que da el número, como bien sabe la mayoría de las especies animales de este planeta. Por eso es que se nos hace tan doloroso aceptar el punto final con que solemos encontrarnos en una historia de amor: “Sólo quiero conservar tu amor”. Conservar ese amor, no perderlo, como si en eso se nos fuera la vida. Tal vez por eso la tinta ha corrido tan profusamente sobre este tema en las baladas rockeras. Si bien en esos momentos pensamos con el corazón y no con el cerebro, aprender a aceptar la pérdida nos abre el camino para encontrar algo nuevo en un futuro cercano. ¡Feliz Deprimartes!

martes, 20 de agosto de 2019

Capítulo 233: “I’ll Never Find Another You”. The Seekers. (1964)




Deprimartes australiano:

Me arriesgaré y haré un paralelismo un tanto traído de los pelos: leí una vez que tenemos un conocimiento bastante amplio de la cultura de los aztecas gracias a que justamente fueron aniquilados por los conquistadores españoles. Según esta teoría, el Imperio Azteca estaba condenado a desaparecer por sí mismo y a quedar en el olvido, ya que este pueblo no había hecho una sola contribución significativa a su progreso como civilización. No conocían conceptos tan básicos como el uso de la rueda o la metalurgia del hierro, y no le dejaron al mundo ninguna idea innovadora ni ningún logro destacable más allá de la expansión territorial que lograron a base de violencia y sacrificios humanos. Si bien esta teoría es debatible, pareciera ilustrar bastante bien el concepto de que aquello que no aporta nada nuevo al entorno en que se encuentra está destinado a ser olvidado. Y aquí tenemos uno de esos casos dentro de la Historia del Rock en que un grupo no trae nada nuevo bajo el sol: “Hay un nuevo mundo en algún lugar al cual llaman la Tierra Prometida, y sé que algún día estaré allí si tan sólo tú me tomaras de la mano. Todavía necesitaré que estés a mi lado sin importar lo que haga, porque sé bien que nunca encontraré a alguien como tú”.

De todas maneras estoy hablando de artistas muy talentosos. The Seekers fueron la primera agrupación musical proveniente de la lejana Australia en tener un éxito significativo en EE.UU., y principalmente, en Gran Bretaña, donde consiguieron colocar una seguidilla de éxitos en lo más alto de las listas. Llegaron a actuar en shows acompañando a leyendas como The Beatles y The Rolling Stones, y grabaron nada más ni nada menos que en los míticos estudios de Abbey Road, donde se los puede ver cantando este tema: “Siempre hay alguien para cada uno de nosotros, o al menos así dicen; y quiero que tú seas ese alguien para mí desde ahora y para siempre. Podría buscar a lo largo de todo el mundo hasta que mi vida se acabe, pero sé que jamás encontraré a alguien como tú”. Era evidente que tenían un sonido que estaba orientado hacia un público más adulto que el consumidor joven promedio que había aparecido con la Beatlemanía. The Seekers se oían muy limpios, como recién salidos del coro de la Iglesia luego de un culto dominical. Sus canciones estaban plagadas de de armonizaciones de las cuatro voces de sus integrantes, logrando arrebatadores ensambles vocales; y sus letras solían ser prístinas y optimistas: “Es un viaje muy largo, así que quédate a mi lado; cuando atraviese la tormenta quiero que tú seas mi guía. Sé mi guía”.

Pero aun así era bastante difícil clasificarlos dentro de alguna de las nuevas corrientes de la música Rock. Lo que ellos hacían sonaba demasiado Folk para ser Rock, y demasiado Pop para ser Folk. Esto podría haberles sumado muchísimo con el advenimiento del Hippismo, ya que su sonido no estaba muy lejos del de Scott McKenzie o el de The Mamas And The Papas; pero mientras los jóvenes del Verano del Amor se aventuraban a dejarse el pelo largo y se animaban a vestir ropas multicolores, The Seekers seguían presentándose en público con una imagen pulcra y conservadora de traje y corbata. Hasta tocaban con un contrabajo, instrumento que hacía casi una década que había perdido terreno con la aparición del bajo eléctrico. Fueron una verdadera antigualla, un grupo hermoso de escuchar pero que no supo adaptarse a los cambios que vinieron en una época tan vertiginosa. Y si bien no puede decirse que quedaron en el olvido –ni mucho menos-, si es correcto afirmar que sólo son una postal de una era inocente que duró muy poco y en la que podían cantarse cosas tan ingenuas como ésta: “Si me dieran una fortuna mi felicidad sería muy pequeña, y bien podría perderlo todo mañana mismo sin que eso me importe en absoluto. Pero si llegara a perder tu amor no sabría qué hacer, porque sé muy bien que nunca encontraré a alguien como tú”. ¡Feliz Deprimartes!

martes, 13 de agosto de 2019

Capítulo 232: “Orinoco Flow”. Enya. (1988)




Deprimartes navegante:

Como resabio de la cultura Hippie quedó flotando en el aire la idea de la Nueva Era de Acuario. Un concepto supuestamente espiritual devenido de la astrología, que le profetizaba a la Humanidad una época dorada de paz y amor. Esto dio pie para la proliferación de todo tipo de sincretismos que metían bajo el mismo paraguas cosas tan disímiles como el reiki japonés, el animismo africano, el yoga hindú, la homeopatía europea, y el chamanismo americano. Un profuso clericó de disciplinas etéreas que bajo el nombre de New Age se transformó en un culto que atrajo a multitudes necesitadas de creer en algo que no fuera una religión tradicional. Y entre las prácticas de estos grupos se encontraba la meditación trascendental, para la cual era más que óptimo usar como fondo una música tranquila y repetitiva que invitara al trance. Esa música se convertiría en el género New Age, que vendría a ser algo así como un pariente lejano y con delirios místicos del Rock: “Déjame navegar, déjame navegar; deja que el Orinoco fluya. Déjame alcanzar, déjame llegar a la playa en las costas de Trípoli. Déjame navegar, déjame navegar; déjame estrellarme contra tu costa. Déjame alcanzar, déjame llegar a la playa más allá del Mar Amarillo”.

Dentro de los artistas fundamentales en la historia de este género figuran nombres como Vangelis, Kitaro, Enigma, Yanni, y Jean-Michel Jarre; pero entre todos ellos destaca el de Eithne Pádraigín Ní Bhraonáin. Por suerte este impronunciable nombre gaélico irlandés es conocido en el resto del mundo por su forma británica: Enya O’Brennan; o más simplificado aún: Enya. Esta increíble cantante con una voz que encierra pura magia druídica es la solista con mayor éxito en ventas en toda la historia de Irlanda, y la segunda artista más importante de esta nación luego de los U2. Trabaja sus canciones en base a sobregrabar su voz infinidad de veces, hasta conseguir capas de texturas tan suaves y envolventes que dan la sensación de que es el viento mismo quien nos canta: “Desde Bissau hasta Palau, a la sombra de Avalón. Desde Fiji a Tiree y las Islas de Ébano. Desde Perú hacia Cebú, siente el poder de Babilonia. Desde Bali hasta Cali, muy por debajo del Mar de Coral”. Ella misma es un gran misterio celta. Nunca ha realizado giras, y son contadas las veces en que se ha presentado en vivo. Jamás se ha casado, y es completamente hermética con respecto a su vida privada. De hecho, vive ella sola en un castillo al pie de la Colina de Killiney, con vista hacia el Mar de Irlanda; ese mismo mar que parece llamar a su alma para que despliegue las velas y vuele hacia costas en las que ningún pie se ha posado antes: “Desde el Norte hasta el Sur, desde Ebudau hacia Jartúm, desde las profundidades del Mar de las Nubes hasta las Islas de la Luna. Llévame sobre las olas a la tierra en que jamás he estado. Llévame a esas tierras que jamás he visto”.

Bien podría decirse que el ser humano se convirtió en lo que es hoy en día gracias a que es el único animal que logró dominar el fuego, o que su historia como tal dio inicio cuando comenzó a dejar registros por escrito de sus acciones y pensamientos; para que su memoria perdurara en el futuro. Ningún otro ser vivo ha hecho algo semejante. Pero en realidad nuestra especie dio un paso enorme en su camino de la evolución una vez que se aventuró más allá de los mares. Cuando logró dominar ese miedo primigenio al océano profundo, que la imaginación le poblaba de monstruos y otros peligros mortales, y logró transformar ese terror en amor poético por el mar; fue allí que la Humanidad literalmente expandió todos sus límites. En definitiva, el ser humano es el mono que aprendió a navegar: “Podemos navegar con la corriente del Orinoco, podemos navegar muy lejos. Podemos dirigirnos y acercarnos con Rob Dickins en el timón. Podemos suspirar y decirle adiós a Ross y a todas sus dependencias. Podemos navegar muy lejos”. Y los límites expandidos no fueron solamente territoriales, porque bien sabido es que viajar amplía nuestra mente. La letra de esta canción de manera sabia nos invita: “Navega lejos”, porque básicamente viajar es una invitación a soñar. “Enciéndete, levántate y di adiós”, nos dice Enya para avivar la flama de la aventura que permanece adormilada en nuestro espíritu. Despidámonos de todo aquello que queramos que nos reciba con una sonrisa el día en que retornemos. Levantemos el ancla que nos aprisiona a la tierra, y salgamos a descubrir qué hay más allá, para así descubrir qué parte de nosotros aún no hemos conocido. ¡Feliz Deprimartes!

martes, 6 de agosto de 2019

Capítulo 231: “One Way Or Another”. Blondie. (1979)


Deprimartes controlador:

“De una forma o de otra te voy a encontrar y te voy a atrapar, te voy a atrapar, te voy a atrapar. De una forma o de otra te voy a ganar”. Blondie es una banda nacida en la escena Post Punk neoyorkina que se ha caracterizado por alejarse rápidamente de este subgénero y moverse hacia otros estilos de manera ecléctica. Así consiguió alcanzar la cima de los charts con canciones que bien pueden catalogarse dentro de otros géneros como la Música Disco (“Heart Of Glass”), el Rock (“Call Me”), el Rap (“Rapture”) y el Reggae (“The Tide Is High”), entre muchos otros. Es la única banda en llegar al Nº1 de los rankings en las décadas del ’70, ’80 y ’90, y esto sin duda se debe a ese mencionado eclecticismo musical. Y por supuesto que también ayudó a su éxito la figura de su cantante Debbie Harry, una rubia despampanante que llegó a trabajar como conejita de Playboy; y cuya sensualidad arrolladora le ha valido el ser considerada la cantante más sexy de toda la historia del Rock. 

La letra de esta canción me trae ciertos recuerdos… En más de una ocasión he tenido la oportunidad de estar en pareja con niñas que necesitaban controlar demasiado la vida de su compañero, y quiero decir sin dejar un solo atisbo de duda que prefiero bucear en aguas infestadas por tiburones mientras me desangro lentamente antes que volver a compartir mi existencia con una persona posesiva y enferma de celos: “De una forma o de otra te voy a ver, voy a encontrarme contigo, contigo, contigo. Un día, tal vez la semana que viene, voy a encontrarme contigo, contigo, te encontraré. Pasaré conduciendo por el frente de tu casa y si todas las luces están apagadas, trataré de ver quién anda por ahí”. Estamos frente a una cuestión genérica. Cualquiera puede reconocer que aquí se retrata ese arquetipo de novia al parecer bastante común que se dedica a transformar a su hombre en un ser castrado en espíritu, y lo aleja de sus amigos sólo para que su mirada se pose todo el tiempo sobre ella. Su nivel de inseguridad es tal que es capaz de hacer cosas inimaginables sólo para llevar un registro estricto sobre con quiénes se contacta su pareja. La premisa pareciera ser: ¿Para qué confiar, cuando se puede controlar?: “Y si todas las luces están apagadas, seguiré tu autobús hasta el centro de la ciudad para ver con quién estás saliendo”. Si alguien quisiera serle infiel a su pareja, no hay fuerza externa que pudiera impedirlo. Lo que sí logra impedir que busquemos algo por fuera de nuestra relación es el hecho de que nuestra pareja sea un proyecto sano y que nos produzca mayoritariamente felicidad; y también la seguridad de que compartimos la vida con alguien que le hará frente a nuestro lado a todos los problemas que se presenten. 

“De una manera o de otra te voy a perder, voy a dar vuelta la esquina y correr. Voy a quebrar la cintura y vas a perderme el rastro, te voy a engañar, te engañaré”. Volviendo a Debbie Harry, hay que reconocerle a esta rubia calamidad que tiene el physique du rôle perfecto como para cantar sobre las desventuras de una chica que se obsesiona de tal manera con un caballero que empieza a cavilar ideas tormentosas en su cabecita platinada. Las ocurrencias maquiavélicas se cuecen en su cerebro como si fuera una olla a presión a punto de estallar, y es en ese instante de liberación que las leyes del sentido común ya carecen de lógica con tal de vengar el desamor: “Iré al centro comercial y me pararé sobre una pared desde donde pueda verlo todo, averiguaré a quién llamas. Iré tras de ti en el supermercado y pondré comida de ratas en tu carrito, para después perderme entre la multitud”. Gracias a la película “Atracción Fatal” de 1987 todos estamos familiarizados con la figura de la “bunny boiler”, o como se la conoce por estas pampas, la “hervidora de conejos”. Si bien es un extremo muy ficticio, bien podría ser el final de cualquier historia donde la obsesión reemplace al verdadero afecto. Dios nos libre y nos guarde de las locas. ¡Feliz Deprimartes!

martes, 30 de julio de 2019

Capítulo 230: “Don’t You Want Me”. The Human League. (1981)




Deprimartes antagonista:

Para finales de la década del ’70 ya la Música Disco comenzaba a dar señales de hartar a su público. Comportándose como un verdadero fenómeno de marketing, el éxito arrollador de este movimiento hizo que el mercado musical se inundara de productos casi fabricados en serie. Todo sonaba igual. Y así fue que por primera vez en la historia comenzaron a darse manifestaciones públicas contra un subgénero del Rock, con quema de discos y disturbios incluidos. Era imprescindible que llegara algo nuevo, algo que sonara distinto. Y ese sonido diferente emanaba de los teclados de los sintetizadores de bandas como The Human League. La agrupación del vocalista Philip Oakey hizo estallar los rankings con un éxito en el que predomina una pregunta sin respuesta: “¿Ya no me quieres? Sabes que no creí cuando escuché que no querías verme. ¿Ya no me quieres? Sabes que no te creo cuando dices que ya no me necesitas. Ya es tarde para darse cuenta.  Tú dices que has cambiado de parecer, pero mejor cámbialo de vuelta o ambos lo vamos a lamentar”. Esta canción con un estribillo tan potente se convirtió en la piedra basal y punto de partida de lo que se dio por llamar la Segunda Invasión Inglesa. A medidados de 1982 la reciente cadena televisiva MTV se encontró con que en EE.UU. aún no había suficientes videos de calidad como para llenar su programación. Y hete aquí que del otro lado del Atlántico desde hacía unos pocos años sí se había desarrollado la interesante costumbre de filmar un videoclip para los temas de éxito de una banda. Así que el gigante americano volvió a tornar sus oídos hacia las Islas Británicas, como había hecho dos décadas atrás. Y lo que comenzó a llegar desde Europa era increíble. Un Synth Pop que ya había dado sus primeros y seguros pasos observando el ejemplo alemán de Kraftwerk, ahora tenía un público cautivo y su música contaba con una producción en su punto justo de maduración. A raudales inundaron los televisores yanquis bandas como Depeche Mode, Soft Cell, Spandau Ballet, A Flock Of Seagulls, Gary Numan, Adam And The Ants, Culture Club, Eurythmics y los que terminaron aprovechando al máximo la increíbles ventajas del formato videoclip: Duran Duran. Todos ellos sentaron las bases de la música que se escucharía hasta el fin de la década.

Si hay algo interesante en esta letra, es que al igual que en el tema de Gotye “Somebody That I Used To Know”, aquí se ofrecen dos puntos de vista distintos. La regla general de una canción en la Era Rock es que su letra se trate siempre de un monólogo. Es un único personaje el que canta, y aún esto se suele mantener en aquellas canciones que tienen más de una voz cantante. Lo que se nos cuenta en la letra suele ser un ventana hacia una única verdad, la del narrador; y es totalmente indistinto si existe alguien en la escena relatada que piense diferente. Bueno, ésta es una de esas excepciones: “Trabajabas como camarera en un bar de cócteles cuando te conocí. Te elegí, te estremecí y te di vuelta de arriba abajo. Te convertí en alguien completamente nuevo. Y ahora, cinco años después, tienes el mundo a tus pies. El éxito te ha resultado algo muy fácil. Pero no te olvides que fui yo quien te puso en donde estás ahora, y también puedo hacer que vuelvas adónde te encontré”. Aquí se nos presenta a un amante despechado que refunfuña porque ahora se ve rechazado por una mujer a la que él mismo ayudó a llegar a una cierta posición de poder. Lo natural es que demos por sobreentendido que lo que nos cuenta es literal y no tenemos datos que nos hagan dudar de lo que se nos afirma. Pero, como la vida misma, no existe ninguna verdad revelada ni absoluta. Siempre hay otro punto de vista. Y aquí podemos apreciar los hechos desde los ojos de la señorita en cuestión: “Estaba trabajando como camarera en un bar de cócteles, esa parte es cierta. Pero aún entonces sabía que podría encontrar un lugar mucho mejor, con o sin tu ayuda. Los cinco años que tuvimos juntos fueron grandiosos, y todavía te amo. Pero ahora siento que tengo que vivir mi vida por mi cuenta. Supongo que es algo que simplemente me corresponde hacer”.

¿Quién es el que finalmente dice la verdad? ¿Uno de ellos? ¿Ninguno? ¿O los dos a la vez? Porque nuestra realidad es únicamente nuestra, ya que está atravesada por nuestras subjetividades. La forma en que percibimos el mundo está privatizada por nuestras emociones, y las cosas que nos ocurren quedan fijadas en nuestro pasado como si estuvieran gravadas en piedra; sin importar que tal vez esos sucesos no hayan sido como los recordamos. Porque recordamos como queremos recordar, y esto lo podemos comprobar en la historia de cualquier separación de pareja. Basta preguntarle a cada integrante el por qué de la separación para encontrarse con verdades opuestas sobre la misma situación. A veces lo mejor es simplemente dejar todo atrás. Que cada cual se quede con su versión y rehaga su historia allí donde la vida lo lleve. Como en el videoclip, cuando la chica en cuestión reconoce que aún ama a ese hombre mientras mira para atrás… Pero finalmente se da la vuelta y continúa su camino, restándole importancia a las preguntas que se quedarán sin respuesta: “¿Es que ya no me quieres, nena?”. ¡Feliz Deprimartes!

martes, 23 de julio de 2019

Capítulo 229: “Spending My Time”. Roxette. (1991)





Deprimartes aislado:

Además de haberle proporcionado nombres a la escena electrónica como el del ya fallecido y exitosísimo DJ Avicii, Suecia tiene una enorme tradición de aportar estrellas rutilantes al mundo del Heavy Metal; donde resaltan nombres como el de Yngwie Malmsteen. Y en medio de ese rico espectro musical, este país nórdico no sólo nos ha regalado a la banda más exitosa de toda la Europa continental – me refiero nada más ni nada menos que a ABBA-, sino que también logró posicionar en la cima de los charts a otros artistas híper exitosos como Ace Of Base, The Cardigans, Europe, The Hives, Peter Bjorn and John; y por supuesto el dúo conformado por Per Gessle y Marie Fredriksson, llamado Roxette. Con una evidente influencia beatle, y con la potencia rockera de una década de los noventa que comenzaba a despertarse de su modorra de sintetizadores, esta talentosa pareja conquistó el mundo a base de canciones pegadizas; lo cual no les impidió parar de vez en cuando la pelota y reflexionar sobre la desesperanza del desamor: “¿Qué hora es? Porque parece que ya amaneció. Veo el cielo, es tan azul y hermoso. La televisión está encendida, pero lo único que muestran es una foto de ti. Me levanto y me hago un poco de café, intento leer un poco, pero la historia me aburre. Le doy gracias al Señor porque no estás aquí para verme en esta forma”. El amor que ya no es correspondido nos deja esa extraña sensación en la boca, como si fuera un platillo delicioso que ya se ha fermentado. Chasqueamos la lengua contra el paladar tratando de descifrar cuándo y cómo fue que lo dulce se volvió tan agrio, mientras nuestro cerebro cavila pensamientos sobre un futuro inmediato muy oscuro; cuyos días nos encontrarán llorando lo que ya no está. He pasado por esa situación, y conociéndola en detalle declaro que francamente prefiero la muerte antes que esta otra muerte en vida.

“Perdiendo mi tiempo. Viendo cómo los días pasan. Sintiéndome insignificante, sólo miro a la pared esperando que tú también estés pensando en mí. Sólo pierdo mi tiempo”. Es curioso notar cómo la letra no describe ninguna situación apocalíptica. Sólo estamos frente a una persona que no logra concentrarse ni encontrar solaz en las pequeñas acciones normales de cada día. Y aún así da las gracias de que su interés amoroso no está allí para contemplar la debacle que es su vida. Es que de eso se trata todo el proceso de desamor. La vida continúa, hemos amanecido a un nuevo día donde el cielo está diáfano, y eso no nos significa nada. Todo significa nada comparado con el vacío que nos ha quedado en el alma ante la ausencia de amor. “Intento llamarte, pero no sé qué decirte. Te dejo un beso en tu contestador. Oh, por favor; ayúdenme. ¿Hay alguien que pueda hacer que yo despierte de este sueño?”. Es interesante notar que para quien protagoniza esta canción todo lo que ocurre no forma parte de una pesadilla, sino que todavía se refiere a su realidad como un sueño del que quiere despertar. Es una ensoñación, de esas que no tienen sentido alguno. Imágenes tortuosas que se nos arremolinan como si intentaran decirnos algo mientras nuestra racionalidad lucha contra Morfeo. Y tal vez allí esté lo terrible, este sueño se transforma en pesadilla porque no hay peor horror que el sinsentido: “Esperando que tú también me estés extrañando. Estoy perdiendo mi tiempo, mirando cómo el sol se pone. Me duermo escuchando la canción ‘Lágrimas de un payaso’ como si fuera una plegaria para nadie”.

Entre las fases más difíciles que hay que afrontar en esta vida se encuentra la soledad que sigue al terminarse una relación de pareja. Porque durante mucho tiempo luchamos tenazmente para restringirnos como unidad y convertirnos en una fracción de nosotros mismos, en pos del funcionamiento feliz de nuestra sociedad afectiva. Y un buen día todo se termina, y no podemos recordar cómo éramos antes; cuando éramos un todo. Ahora batallamos cada día para deshacer esa rutina en la cual nos desenvolvíamos como la mitad de un proyecto. El tiempo se vuelve insoportablemente eterno y la anhedonia nos domina. Ya nada tiene color. Cada cosa que hacemos se nos ocurre como condenada al fracaso de antemano: “Mis amigos me dicen que la vida continúa y que con el tiempo te voy a olvidar. Este tonto juego del amor que jugamos en el que parece que sólo se puede perder”. Escuché una vez que recuperarse completamente de un desamor toma bastante tiempo. Poder cruzarse con esa otra persona por la calle y saludarla sin más ni más nos demandaría un proceso de recuperación cercano a los dos años. Empíricamente me tocó comprobar esa teoría, y puedo afirmar sin temor a equivocarme que dos años es mucho tiempo de vida como para sufrir por amor. Pero es un daño colateral, un efecto no deseado de ese período en el cual sentimos que hemos tocado el cielo de una vez y para siempre. Ahora ya nada es lo mismo: “La cama es demasiado grande sin ti, amor”. ¡Feliz Deprimartes!